
2.000 años avalan los Baños del Montepío, documentadas por romanos, árabes e ilustrados, y que siguen despertando el interés de expertos atraídos por su química y su alta temperatura, que sitúan al manantial como uno de los más profundos del mundo Que el agua termal de Ledesma es un tesoro natural, de propiedades y cualidades únicas y extraordinarias para la salud, es un hecho irrefutable, avalado no solo por los testimonios directos de cientos de clientes que han pasado por las instalaciones del Balneario en estos últimos 20 años (desde que el Montepío de la Minería Asturiana asumiera su memoria y su gestión), si no por los veinte siglos de tradición de baños que jalonan la prolija historia de este emplazamiento salmantino, explotado por todos los pueblos y épocas, desde los romanos y los árabes, a nuestros días.
Pero pocos son los que saben el porqué de sus virtudes, de sus condiciones especiales para tratamientos terapéuticos específicos. De por qué son una fuente de salud. Un estudio de los profesores Andrés Sánchez y Sánchez San Román, editado por la Universidad de Salamanca ahonda en la explicación científica del “flujo hidrotermal surgente en el Balneario de Ledesma” y las razones que explican la composición química del agua y de porqué es una de las más cálidas de los balnearios del mundo. Y la conclusión es que no hay milagros, únicamente las realidades de los tratamientos con esas aguas, que son los que hacen que la gente mejore de sus patologías, se siente más sano, respire mejor, pase mejores inviernos…frases que sin duda hemos escuchado muchas veces a los residentes asiduos del Balneario, asturianos, españoles y de otros países que llegan al calor de estas fuente termal.
Según este estudio, el agua de Ledesma sale por un punto de descarga con elevada temperatura, 45 grados, sulfurada y con alto contenido en flúor. Los expertos indican que “se trata de un flujo profundo, de gran amplitud, que debe alcanzar una profundidad de varios kilómetros (muy por debajo del cauce del río Tormes), en incluso en ese distante lecho subterráneo fluye con temperaturas próximas a 100 grados”. Es decir, desde donde está hasta la superficie sufre en su camino hasta la superficie una baja de 55 grados, un hecho significativo. El agua va del Sur de Baños de Ledesma al Norte, favorecido por una cizalla dúctil Juzbado-Penalva do Castelo, que actúa como barrera impermeable, de protección. Las entradas de agua al sistema se cree que llegan en la fosa de Ciudad Rodrigo. En la cizalla, los materiales metamórficos son gneises glandulares y micaesquistos de alto grado.
El estudio asegura que no existe una conexión hidráulica entre el manantial termal y el agua del Tormes, puesto que en el río los análisis dan componentes químicos muy concretos que no aparecen en el que se usa en el balneario. Durante siglos, el Balneario utilizó el agua que surgía espontáneamente en forma de manantial, pero desde 1986 (cuatro años antes de que asumiera el Montepío su gestión) se realizó una captación subterránea, para conseguir bombeos contiguos, de 24 metros de profundidad, que aportan aproximadamente 4.290 metros cúbicos al día, unos cinco litros por segundo, fundamentales para una actividad balneroterápica compatible con valor natural de este rico acuífero.
En cuanto a las características geoquímicas, a pesar que esos siglos de explotación del manantial, el primer estudio riguroso y completo no se hizo hasta diciembre de 1957, cuando ya algunos mineros habían iniciado las “peregrinaciones curativas” a esta bella dehesa de Salamanca. Según este último estudio, apoyado por la Universidad de Salamanca, “el agua del balneario es bicarbonatada sódica, poco salina, en su composición aniónica, aunque predomina el CO3H, presenta cantidades apreciables de SO4 y de Cl, mientras que en los cationes predomina el Na+, con concentraciones excepcionalmente bajas de los otros cationes mayores Ca y Mg, inferiores a 10, mg por litro. No obstante, la característica más peculiar es el elevado contenido en F (entre 11 y 16 mg litro); y la conductividad, alrededor de 600 mS/cm, es coherente con la salinidad del agua”.
Lo que más llama la atención a los químicos es la baja salinidad, pese a su alto contacto con la roca a baja profundidad –podría ser por un intercambio sin pérdidas de otro tipo con materiales arcillosos-. Y que dos manantiales vecinos, el de Fuente Cagalona y Fuente Molino, no consiguen las mismas características. La primera, la temperatura baja a 18 grados, lo que indica que en Ledesma brota de una manera muy directa, sin perder calor, y la segunda pierde salinidad y flúor, lo que le confiere un discurrir menos profundo. ¿Es un bien inagotable el agua de Ledesma?. Más de dos mil años de documentación avalan este manantial. Los misterios de la Madre Tierra tienen la respuesta, pero garantizado el uso responsable, y el mimo expresado en los controles y usos, sobre el agua los científicos consideran que ha podido modificarse la salinidad en el discurrir de las épocas, aunque los últimos años permanece estable, con excepción de un año (87-88), posterior a su captación subterránea, aunque ya corregida por la naturaleza.
En 1744, el gran erudito español, Diego Torres de Villaroel (escritor, escritor, poeta, dramaturgo, médico, matemático, sacerdote y catedrático de la Universidad de Salamanca) quedó prendado por las aguas de Ledesma, por su naturaleza, temperatura y quimismo, pero también por sus propiedades terapéuticas, sus aplicaciones. Y de ello dejó constancia en su obra: “El calor es fuerte, se puede tolerar, aunque es intenso… como el olor a azufre, que hace espuma”. Tanto es así que el genial hijo de librero salmantino, admirado por Quevedo y Borges, terminó por dar respuesta “a la magia del agua” y legarnos un manual que explica con detalle las enfermedades que pueden curarse, los modos de administración, la terapéutica…
El Estado no fue ajeno a bien y las aguas fueron declaradas de Utilidad Pública en 1886. La situación de las salas de tratamiento balneoterápico, que siempre han estado al lado de la surgencia (muy importante y distintivo de la calidad entre balnearios), y la existencia de conducciones directas desde el manantial a cada uno de los tratamientos termales, asegura su uso sin que pierdan ninguna de sus propiedades terapéuticas. Debido al alto contenido en sulfuro y a su temperatura, estas aguas están indicadas en el tratamiento y prevención de enfermedades del aparato respiratorio, locomotor y también de afecciones neurológicas y dermatológicas como por ejemplo la psoriasis.
Los tratamientos que se imparten en las diferentes salas balneoterápicas -Aerosoles ultrasónicos, Inhalaciones nasales, Inhalaciones directas o bucales, Duchas nasales, Pulverizaciones faríngeas, Baños de hidromasaje de 4 y 24 jets, Baños de burbujas, Duchas circulares de hidromasaje, Duchas de columna, Piscina termal con duchas de inmersión de masaje secuencial, Chorro local y total, Estufas, Maniluvio, Pediluvio, Parafangos y Masajes-, son aplicados por auxiliares de baños según la prescripción realizada por Médicos especialistas en Hidrología Médica.
Como apunta Blanco en su libro, “entre las aplicaciones más curiosas” que se han documentado en el pasado sobre las aguas de Ledesma figura el de la fertilidad femenina, muy probablemente por la simbiosis que juegan la tradición y realidad curativa y la magia y la superstición de los pueblos a lo largo de la historia, que en muchas culturas ibéricas (celtas, vettones, romanos…) asociaban al agua a la magia de las liturgias y a la propia fecundidad de la Tierra. Un mito que corrió como la pólvora a finales del XIX, principios del XX, ayudado por las damas de compañía que acudían al balneario, durante las vacaciones de los pudientes de entonces que tenían acceso a las vacaciones terapéuticas de lujo en aquel tiempo.
Otro apunte histórico destacado es que, por las ruinas, restos y estudios sobre el terreno, se cree que los romanos montaron una piscina natalis de 960 pies cuadrados, con cinco pilas subalternas, comunicadas y dentro de un edificio suntuoso, según recoge José López en un estudio de 1885. El de los árabes fue inferior, de 693 pies.
López concluye entonces: “La acción prolongada del agua activará y generalizará sus efectos haciéndolos extensivos no solo a las enfermedades cutáneas, escrofulosas, gotosas y las reumáticas, que la experiencia tiene justificado, sino a las que por inducción de la composición mineral del agente debe serlas útiles”.

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